En Las Termas de Río Hondo, el carnaval siempre fue mucho más que una fiesta: fue un ritual colectivo, una promesa de alegría compartida, un escenario donde los barrios mostraban su identidad y su orgullo. Los Corsos termeños fueron durante décadas el evento social más convocante de la ciudad, una verdadera explosión popular donde el brillo era importante, sí, pero donde lo esencial era el corazón que latía detrás de cada comparsa.
En la memoria de aquellos años dorados, la voz de Teresa Guzmán, histórica organizadora de la comparsa del barrio San Martín, resuena como un testimonio vivo de esa época donde todo se hacía “a pulmón” y con pasión desbordante. Teresa recuerda que comenzó en 1987, cuando su comparsa llegó a reunir 215 integrantes, un verdadero ejército de vecinos que ensayaban, cosían trajes, improvisaban instrumentos y salían a la calle con una sola certeza: el carnaval era del pueblo y para el pueblo.
“En realidad no había mucho brillo, pero sí había alma y corazón”, recuerda Teresa, evocando esos corsos donde los premios eran una motivación, pero la verdadera recompensa era la ovación del público y el orgullo del barrio.
En aquella comparsa brillaron nombres que hoy forman parte del folklore íntimo de la ciudad: Hugo Luna, Cacho Ávila, el Pulguita, el Sapo Sosa, Dani Robles, Marcelo Fernández, la Pequi Barraza, Liliana Íñiguez, y tantas otras mujeres y hombres que dejaron todo en la avenida. Algunos confeccionaban sus trajes con ropa prestada, otros armaban chalecos con vestidos viejos de sus madres. No había subsidios ni grandes recursos, pero sobraban creatividad, sacrificio y amor por el carnaval.
Entre todas esas figuras, Teresa destaca a Felisa Ruiz, la “Maravillosa”, una de las pasistas más recordadas de los corsos termeños. Hoy, con 81 años, su historia sigue emocionando a quienes la vieron bailar. Teresa la recuerda como una de las grandes figuras del 87.
Felisa Ruiz, conocida en todo el pueblo como “La Maravillosa”, es uno de esos nombres que el carnaval no olvida. “Yo me llamo Felisa Ruiz y me dicen la chica Maravilla, la Maravillosa”, contaba en una entrevista realizada hace más de una década, con esa mezcla de orgullo y ternura que la caracterizaba.
Recordaba sus comienzos bailando en Santiago, en Aguilares, en comparsas del barrio San Martín, y nombraba a quienes compartieron con ella aquellos años: la Negra Adela, Marcelo Aqua, Teresa, el Víbora, tantos nombres que son parte del ADN de los corsos termeños.
Su voz se quebraba al hablar de la música: “Cuando yo siento la música de las comparsas tengo ganas de llorar, me emociono mucho… yo sé todos los ritmos, los quiero a todos los de Las Termas”.
Para Felisa una humilde mujer trabajadora, el barrio San Martín representaba “muchas cosas buenas”, la vida comunitaria, las fiestas, los bailes y la familia extendida que es el barrio.
Entre recuerdos, saludos y lágrimas, hablaba de sus nietos, de su hijo René que ya no está, y del cariño recibido por la gente del carnaval. Sus palabras, simples y profundas, son el reflejo de lo que significaron los corsos para generaciones enteras: una fiesta, sí, pero también un espacio de pertenencia, memoria y emoción compartida.
La voz de Adela Coronel, la “Negra Adela”, suma otra pincelada a esta historia. Tenía apenas 17 años cuando salió por primera vez, como bastonera del la comparsa del barrio 25 de Mayo, ensayando de noche en el predio del matadero, con limonadas improvisadas y risas que se mezclaban con el sonido de los tambores.
Recuerda los recorridos largos, desde el Gran Hotel hasta Pedro León Gallo, la vuelta por San Martín y el palco en Sarmiento, donde el público esperaba como si se tratara de una ceremonia sagrada.
“Era un deleite verlo al Sapo Sosa bailar en punta de pie”, cuenta Adela, evocando a esos personajes que hoy son leyenda oral de la ciudad.
Los corsos eran eso: barrio, familia, amistad, esfuerzo colectivo. Eran las noches en que Termas se reconocía a sí misma, donde cada comparsa era un grito de identidad y cada aplauso un abrazo comunitario. Eran también historias de vida, de pérdidas y recuerdos, como la de los músicos que dieron origen a la banda de los “Roberaldo”, porque el carnaval también era memoria compartida.
Hoy los corsos siguen desfilando por las calles de Las Termas, con nuevas comparsas, nuevas generaciones y nuevas formas de vivir el carnaval. Los trajes cambiaron, los escenarios crecieron y la organización se profesionalizó, pero la esencia sigue siendo la misma: el barrio que se organiza, los chicos que ensayan hasta tarde, las familias que acompañan y el público que espera el paso de la comparsa como si fuera un acontecimiento sagrado.
En cada tambor que suena, en cada pasista que baila, en cada sonrisa del público, late todavía aquella llama que encendieron Teresa, Adela, la Maravillosa y tantos otros pioneros del carnaval popular. Porque los corsos de hoy son herederos directos de aquellos corsos de alma y corazón… y mientras haya un termeño dispuesto a bailar en la calle, el carnaval de Las Termas nunca se apagará.
Hoy, cuando el carnaval sigue vivo, mirar atrás nos permite entender que aquellos corsos no fueron solo un espectáculo: fueron una escuela de comunidad, un espejo del espíritu termeño. Porque en esas noches de verano, entre lentejuelas humildes y bombos improvisados, Las Termas aprendía a celebrarse a sí misma.
Y quizás, como decía Teresa, lo que más brillaba no eran los trajes…
sino el alma del pueblo en plena fiesta.
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