Por aquellos años, el tren ya silbaba cada mañana junto al río Dulce, las primeras escuelas se levantaban con muros de esperanza, y un puente de concreto unía más que dos orillas: conectaba el pasado rural con una visión urbana. En la década de 1940, Termas de Río Hondo dejaba de ser solo un puñado de pozos humeantes al borde del agua y comenzaba a convertirse en una ciudad que, poco a poco, ganaba carácter, infraestructura y prestigio.
La historiadora Amalia Gramajo de Martínez Moreno lo sintetiza así en su libro Voces del Río Hondo: “Una nueva fisonomía fue tomando la urbe, con una edificación densa en las calles principales.”
Y tenía razón. En 1942, se inauguró el emblemático puente sobre el río Dulce, lo que permitió una mejor conexión con Santiago del Estero. Ese mismo año también se abrió una oficina telefónica con apenas 20 abonados. Eran señales claras de que el pueblo estaba listo para otra escala.
Para el arquitecto Ramón Lencina, la década del 40 marca el verdadero despegue de Las Termas como ciudad turística y sanitaria: “Era el inicio del boom de las termas maravillosas… el tren, los hoteles, las escuelas. Y en 1945, se crea el primer hospital hidrotermal, gracias a la expropiación de un hotel por parte del gobierno de Perón.”
También se construye La Palúdica, una institución sanitaria de vanguardia para tratar a los pacientes de paludismo —entre ellos la propia madre de Lencina, quien llegaría enferma en 1943 y decidiría no irse jamás.
Aquel ambiente de cuidados termales era tan serio como social. La firma Ordóñez-Bermúdez construyó el Casino de Las Termas, inaugurado el 9 de julio de 1943 con una orquesta típica de Buenos Aires. Fue “el progreso en forma de entretenimiento”, como lo recuerda Gramajo de Martínez Moreno. “Allí se daban cita familias de Santiago y Tucumán, en bailes, tertulias y noches de orquesta”.
El mismo Lencina lo define como “el ícono arquitectónico” de la ciudad: “La postal de Las Termas era el Casino. Su arquitectura neocolonial, sus galas y su vida nocturna transformaron la ciudad.”
El empuje inmigrante y las primeras inversiones
Esta década fue también testigo de un fenómeno social transformador: el arribo de familias inmigrantes que apostaron al desarrollo local. Llegaron sirio-libaneses, españoles, italianos y judíos que abrieron comercios y hoteles, muchos de los cuales aún viven en la memoria colectiva.
Amalia Gramajo recuerda que: “La familia Vagliati (1944) construyó el hotel Crillón. También llegaron los Auad y los Fernández Robla, impulsores de hoteles como Los Pinos e Ideal.”
Perla Vagliati, agrega una mirada íntima: “Estas familias no solo invirtieron en ladrillos, sino en comunidad. Sus hijos crecieron aquí, sus nietos son nuestros vecinos.”
Según Martínez Moreno, hacia mediados de la década se implementaron reformas catastrales claves: se trazaron nuevas calles, se diseñó un parque, el cementerio, el campo de deportes y se regularizó la tenencia de tierras urbanas. En palabras del historiador Sebastián Sabater: “La ciudad empezó a expandirse hacia El Alto y consolidarse en torno al Bajo. El trazado urbano se volvió más claro y comenzaron a definirse zonas turísticas, residenciales y comerciales.”
El avance no fue sólo físico, sino institucional. Aunque todavía no era municipio autónomo (lo sería recién en 1954), el gobierno nombraba “administradores interventores”, como Juan J. Genovez García, quien logró articular la iniciativa privada con una gestión organizada y efectiva.
Un aire de época
La década del 40 fue también la época en que el turismo de bienestar comenzó a imponerse. El boca a boca sobre las propiedades curativas del agua termal se complementaba con la llegada del tren, el desarrollo de la Ruta Nacional 9 y un incipiente servicio aéreo. Las Termas era, sin saberlo del todo, un faro de salud y placer en el Norte argentino.
Y como suele ocurrir, todo esto se cocinaba mientras los niños jugaban en las veredas de tierra, las familias paseaban los domingos por la Plaza, y los visitantes del sur esperaban ansiosos el aroma del agua caliente.
Así fue la década del 40 en Las Termas de Río Hondo. Una ciudad que, al calor de sus aguas, empezó a descubrir que podía ser algo más que un lugar de paso: podía ser un destino.
Más historias
Cuando Ringo vino a Termas: descanso, tamales y aguas termales
Nicanor Posse: el tucumano que soñó Termas antes que fuera ciudad
Termas Nuestra Historia. Los años de oro de los Corsos termeños