Cada enero, cuando el calor santiagueño se hace presente mas que nunca, la doctora Marcela Mansilla emprende el camino desde Mar del Plata hacia su Termas de Río Hondo natal. No lo hace por turismo, sino por una promesa que se renueva año tras año: estar presente en el cumpleaños de su padre, Carlos Mansilla.
«Siempre le digo a mi papi: siempre vengo para tu cumpleaños», confiesa esta médica de 30 años de trayectoria, con una mezcla de emoción y nostalgia que caracteriza a quienes, aunque la vida los llevó lejos, nunca dejaron de ser termeños de corazón.
Marcela es «santiagueña de pura cepa», como ella misma se define. Creció en el popular Barrio San Martín, en una casa de Gutemberg 360 junto a su abuela, hasta que sus padres pudieron comprarse un terreno y construir su hogar sobre la calle Absalón Rojas . Su padre, siempre en bicicleta, le inculcó un valor fundamental: «Lo que te puedo dejar es la educación».
Ese legado la llevó desde la Escuela Rafael Obligado y la Escuela de Comercio de Termas hasta la Universidad Nacional de Córdoba, donde se graduó como médica a los 24 años. Posteriormente se especializó en terapia intensiva y cuidados críticos en Mar del Plata, ciudad que la adoptó hace tres décadas y donde hoy desarrolla su carrera profesional.
La trayectoria de la doctora Mansilla trasciende fronteras. Habla cuatro idiomas —italiano, inglés, chino y español— y realizó rotaciones en la prestigiosa Universidad de Milán en 2005, experiencia que, curiosamente, logró gracias a una conexión termeña: la hermanita Santina, del jardín de infantes Rayito de Sol, quien la puso en contacto con su prima en Italia.
Actualmente, además de su especialidad en terapia intensiva, se dedica a la medicina del dolor y trabaja como médica de cabecera. «Hace 10 años soy mamá, entonces hago medicina del dolor», explica, mostrando cómo la maternidad también moldeó su práctica profesional.
Durante su visita de enero, Marcela observa con satisfacción el progreso de su ciudad natal. «Veo que crece, que va pujante, que va mejorando», comenta, destacando el trabajo de la intendenta Paula Canepa.
Desde Mar del Plata, se ha convertido en embajadora informal de Termas de Río Hondo. Recibe a pacientes santiagueños y termeños, escucha historias de turistas que visitan el famoso «only inclusive» y se enorgullece cuando sus amigos porteños eligen pasar Año Nuevo en su tierra. «Para mí es un orgullo la gente que visita Termas y que hablen bien de ella», afirma.
Con una visión clara sobre el futuro de la salud pública, Mansilla defiende la medicina preventiva como eje fundamental. «Si nosotros tiramos prevención y lleváramos a todos los ciudadanos a hacer chequeo todos los años, sería algo mucho más barato», sostiene, recordando al primer ministro de Salud argentino, el santiagueño Ramón Carrillo.
Su mensaje es contundente: la detección temprana de enfermedades como cáncer, diabetes o hipertensión arterial representa no solo un ahorro económico para el sistema de salud, sino también vidas salvadas.
Cuando se le pide un consejo para las nuevas generaciones de jovenes de Termas de Rio Hondo, Marcela no duda: «Que estudien, que el estudio te abre muchas puertas». Enfatiza que no necesariamente debe ser una carrera universitaria; oficios como carpintería, plomería, enfermería o acompañante terapéutico también son caminos valiosos.
Con especial énfasis, advierte sobre los peligros de la droga: «De 10 jóvenes que prueben la droga, 3 pueden terminar en enfermedad psiquiátrica», alerta, basándose en datos de la provincia de Buenos Aires.
Al recordar su paso por las aulas termeñas, Mansilla menciona con cariño a la señorita Silvia de Aguirre, su primera maestra de primer grado; a la señorita Dora Medina, quien se quedaba media hora después de clase para enseñar a quienes no entendían; y al profe Beto Juárez, «que siempre nos acompañó y nos dio consejos».
Son esos nombres, esas caras, las que forjaron a la profesional que hoy atiende en uno de los hospitales más importantes de la costa atlántica argentina, pero que cada enero vuelve a casa, al Barrio San Martín, a disfrutar de la costanera, del gimnasio, de la gastronomía local y, sobre todo, de sus padres: Carlos y Máxima Jaime de Pozuelos.
Porque como ella misma dice: «Siempre se extraña Santiago. Los santiagueños nos dan una calidad diferente que no tienen otras provincias». Y ese orgullo termeño, ese amor por la tierra que la vio nacer, es lo que la trae de vuelta cada año, renovando el compromiso con sus raíces y demostrando que el éxito profesional nunca está reñido con la memoria del hogar.
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