En las arenas y aguas de lo que hoy llamamos Termas de Río Hondo, antes de los hoteles y el murmullo de los turistas, existió un territorio donde el tiempo parecía latir distinto. Allí, en las proximidades del actual lago, se extendía Atacama, palabra que —según documentos coloniales y tradición oral— significa alma feliz en lengua quechua. Y no es difícil imaginar por qué: tierra fértil, abundantes vertientes termales, el río como arteria de vida, y un entorno que brindaba sustento y cobijo a quienes se animaban a echar raíces.
Mucho antes de que los españoles dejaran su huella, Atacama era punto de encuentro de culturas. Los hallazgos arqueológicos —urnas funerarias, fragmentos de cerámica, puntas de lanza precerámicas de hasta seis mil años— revelan que allí se superpusieron, una sobre otra, distintas sociedades originarias que encontraron en este rincón el equilibrio perfecto: pesca en el río Dulce, caza en los montes, agricultura en suelos generosos y aguas termales que parecían brotar como un regalo de la tierra.
El director del Museo Rincón de Atacama, Sebastián Sabater, lo describe con una mezcla de asombro y cariño: “Era un sitio extraordinario. Tenía todo lo necesario para vivir bien, y eso lo sabían tanto los pueblos originarios como los conquistadores que vinieron después”. De hecho, las piezas que hoy se exhiben en el museo provienen en más de un 90% de ese yacimiento arqueológico, muchas rescatadas durante las bajantes del embalse.
A mediados del siglo XVII, el eco de los pasos españoles ya resonaba sobre este territorio. En 1655, la Corona concedió la “Mercedes de Atacama” al capitán Juan Pérez Moreno, descendiente de otros dos capitanes homónimos que habían llegado con la expedición de Diego de Rojas un siglo antes. La merced abarcaba nada menos que 9.000 hectáreas: tres leguas de frente sobre el río Dulce por tres leguas de fondo, un cuadrado de 15 por 15 kilómetros que incluía la actual zona urbana de Termas.
Era una región codiciada: agua en abundancia, suelos fértiles, pasturas para el ganado y una ubicación estratégica como paso del Camino Real al Alto Perú. Las crónicas y escrituras recopiladas por Amalia Gramajo de Martínez Moreno narran cómo, en estos parajes, se tejió una intrincada red de posesiones, litigios y herencias. Nombres como Sotelo, Galiano o Figueroa Roldán aparecen una y otra vez en la historia de estas tierras, disputadas y repartidas como premio por “merecimientos” al servicio de la Corona.
Entre los tesoros de Atacama estaban sus vertientes. Una de ellas, conocida como “Vichy” por su similitud con las aguas termales francesas, atrajo incluso el interés de la empresa Villavicencio, que quiso comprar el predio o, al menos, su producción para montar una planta embotelladora. Pero la familia Figueroa Roldán, última propietaria de la estancia, se negó a vender.
La historia dio un giro definitivo cuando el Estado expropió las tierras para la construcción del dique, borrando bajo el agua los manantiales, las casas y hasta el mausoleo familiar. Cada tanto, cuando el lago baja, reaparecen fragmentos de ese pasado: paredes de ladrillo, aljibes, restos de corrales y el eco de una vida que quedó suspendida en el tiempo.
Más allá de las fechas y los títulos de propiedad, Atacama fue —y sigue siendo— un lugar donde la historia se puede tocar con las manos. Sabater recuerda que el museo nació casi por accidente, cuando empezó a juntar fragmentos de cerámica hallados en la orilla mientras pescaba. Esos pedazos, guardados en una caja de zapatillas, fueron el germen de una colección que hoy cuenta la historia milenaria de nuestra región.
Atacama es, en definitiva, el punto donde confluyen el alma de nuestros ancestros y la memoria de la ciudad moderna. Un sitio que nos recuerda que Termas de Río Hondo no empezó con el turismo ni con las avenidas, sino con las huellas de quienes supieron leer en esta tierra un lugar para vivir y prosperar.
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