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Puentes, balsas y ciudad: el puente carretero de los cuarenta

Cuando el río parecía un límite inquebrantable, aquel 1942 marcó el día en que Las Termas de Río Hondo dejó de ser un paraíso aislado y se convirtió en una ciudad cuyos sueños podían cruzar el río. Ese año, con orgullo y determinación, se inauguró el puente carretero sobre el río Dulce, una obra pública que, sin aspavientos, cambió para siempre el destino termal santiagueño.

Hasta entonces, el cruce sobre el río lo hacían los boteros: valerosos porteadores en balsas rudimentarias. Transportaban familias, animales, turistas y hasta correspondencia. Eran el puente humano de una ciudad en ciernes, pero su labor limitaba el desarrollo vehicular y turístico de la región. El puente de 1942 puso fin a eso.

Fue parte de un plan de urbanización que en ese mismo lapso inauguró el Casino (9 de julio de 1943) y la iglesia del Perpetuo Socorro (1941–42), construcciones esenciales que ayudaron a diseñar el perfil urbano de una ciudad aún joven. La conexión directa a la Ruta Nacional 9 transformó Termas de Río Hondo: permitió el flujo de autos, mercancías y visitantes desde Tucumán y Santiago del Estero.

Termas crecía en los cuarenta. Hasta 1942, aún era una aldea —con apenas 300 habitantes permanentes en algunos registros— que empezaba a soñar. Pero esa infraestructura, unida al puente, aceleró un proceso de transformación. De inmediato aparecieron hoteles como Los Pinos, Panamericano, Crillón, Ideal y otros. Una nueva ciudad emergía, levantada entre aguas termales, rutas y apuestas audaces.

No solo se trataba de construir, sino de construir posibilidad: una capilla para rezarle al progreso, un casino para que la noche brillara, y una vía de asfalto que atrajera a quienes hasta entonces llegaban en diligencias.

 El legado de los boteros: héroes de la primera conectividad

Antes del puente, los boteros eran protagonistas silenciosos. Organizaban balsas —hechas de madera, algunas reforzadas— que cruzaban desde una orilla a otra. No eran simples porteadores: eran la puerta de acceso a la ciudad. En su tarea vehicular se forjaron vínculos con vecinos y turistas, muchos de los cuales recuerdan sus nombres, su voz y su camaradería.

Hoy, aunque el puente ha borrado su necesidad logística, los boteros siguen vivos en el recuerdo. Fueron héroes cotidianos de una etapa fundacional: la unión entre dos orillas, dos poblados, dos formas de vida.

El puente no fue solo un esqueleto de cemento y metal: fue la señal de algo más profundo. Fue la materialización de una ciudad que se atrevía a expandirse, a organizarse, a hacerse famosa por sus aguas. Permitió que el turismo de salud floreciera, que nuevas familias invirtieran, que la ciudad dejara de ser paso y se convirtiera en destino.