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El Éxodo Ríohondeño: memoria que nos une

El proceso de relocalización de Villa Río Hondo constituye uno de los casos más paradigmáticos y complejos de intervención estatal sobre el territorio rural en la República Argentina durante la segunda mitad del siglo XX. Este fenómeno implicó el traslado físico de una población sobre la continuidad sociohistórica de comunidades con raíces coloniales.

La desaparición de la antigua Villa Río Hondo bajo las aguas del Embalse de Río Hondo no fue un evento súbito, sino un proceso planificado que se extendió durante años, dejando cicatrices profundas en la memoria colectiva y transformando radicalmente la identidad de los habitantes, quienes pasaron de ser sujetos de una economía ribereña orgánica a ser objetos de una reubicación forzosa bajo la lógica de la modernización.

La antigua Villa Río Hondo se erigía como un baluarte de la historia santiagueña, con una antigüedad que superaba los 400 años al momento de su sumersión definitiva

Villa Río Hondo ya figuraba como uno de los asentamientos más antiguos del noroeste argentino, vinculada estrechamente a la Jurisdicción del Tucumán.

A la luz de ese contexto histórico, hay fechas que no solo se anotan en el calendario, sino que se llevan grabadas en la piel. Para nosotros, en este rincón de Santiago del Estero, el 26 de marzo es mucho más que un día de otoño; es el eco de un adiós que todavía resuena en las aguas del embalse.

En esta fecha se conmemora el Éxodo Riohondeño, ese momento bisagra en el que la antigua Villa Río Hondo tuvo que soltar sus raíces para no ahogarse, dejándolo todo atrás para salvar lo más importante: su identidad.

La Vieja Villa. No era solo un caserío; eran cuatro siglos de historia que se entrelazaban con el pulso del río Dulce. Aquel pueblo de calles polvorientas y algarrobos antiguos era el corazón del departamento. Muchos de nuestros vecinos en Las Termas hoy caminan nuestras calles, pero sus recuerdos todavía habitan en aquellas casas de adobes grandes, hechos de barro paja, con tirantes de quebracho colorado que parecían eternos.

La construcción del Dique Frontal en la década del 60 trajo la promesa del progreso, pero para la gente de la Villa significó el desarraigo. No fue una mudanza cualquiera; fue un éxodo. Imaginen el sentimiento de ver cómo el lugar donde naciste, donde bautizaste a tus hijos y enterraste a tus abuelos, empezaba a ser reclamado por el agua.

Villa Río Hondo no es un pueblo lejano. Muchos de los que hoy nos cruzamos en las calles de Las Termas llevan en su apellido la herencia de aquel éxodo. Por eso, este 26 de marzo, los invitamos a compartir esta historia, a preguntarle al vecino, al abuelo o al amigo: «¿Cómo era la Vieja Villa?». Por eso queremos compartirles esta sucesión de hechos y situaciones para entender mínimamente como se vivió este hecho que esta incorporado en nuestro inconsciente colectivo

El Dique Frontal y el Paradigma Desarrollista de los Años 60

La decisión de inundar la vieja villa respondió a una visión política y económica.. El Dique Frontal de Río Hondo fue concebido como una pieza clave para la regulación de la cuenca del Río Dulce, la generación de energía hidroeléctrica, la extensión del sistema de riego y el fomento del turismo termal.

Para gestionar este ambicioso plan, se creó la Corporación del Río Dulce (CRD), un organismo autárquico que no solo tenía atribuciones técnicas para la construcción de la presa, sino también facultades sociales y legales para determinar el destino de las poblaciones que debían ser reubicadas.

El proceso de entrega de nuevas viviendas y la relocalización de los habitantes se extendió entre 1962 y 1966, culminando en el evento histórico conocido como el «Éxodo Riohondeño» o el «Día del Desarraigo».

La fecha del 26 de marzo de 1966 quedó grabada como el momento culminante del trauma social. Ante la inminencia del agua, que ya comenzaba a sepultar las pertenencias en las zonas bajas, los habitantes organizaron una peregrinación hacia el nuevo sitio, ubicado a unos 12 kilómetros de distancia. La procesión estuvo encabezada por la imagen de la Virgen del Pilar y una cruz de madera cargada al hombro por el sacerdote Juan Bradford, quien acompañó el dolor de su grey en este tránsito forzoso.

Los testimonios recogidos por investigadores de la Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE) describen escenas de profunda tristeza: familias enteras abandonando sus casas de adobe mientras el agua ganaba terreno, cargando lo que podían en «zorras», «sulkis» y un camión Ford proporcionado por el gobierno. Muchos pobladores llegaron al nuevo asentamiento solo con lo que tenían puesto, perdiendo animales, herramientas de cultivo y siglos de archivos familiares en las aguas crecientes del embalse.

La retórica oficial prometía una «villa prometida» con comodidades modernas. No obstante, la realidad arquitectónica que encontraron los relocalizados fue radicalmente distinta.

En lugar de viviendas consolidadas, se les entregaron «cobertizos» industriales construidos con ladrillos huecos y techos de fibrocemento en forma de arco (U invertida), los cuales estaban abiertos en sus extremos. Los propios habitantes debieron encargarse de cerrar estas estructuras con los materiales que pudieron rescatar de la vieja villa, enfrentándose a un entorno de monte virgen donde las calles eran meros senderos de tierra en medio de la vegetación espinosa de Santiago del Estero.

Uno de los aspectos más críticos y contradictorios de la relocalización fue el acceso al agua potable y de riego. La paradoja de Villa Río Hondo radica en que una población desplazada por una obra hídrica monumental se encontró en un lugar donde el agua era un bien extremadamente escaso y de difícil acceso.

Al llegar a la nueva villa, los pobladores descubrieron que el pozo de agua potable prometido aún estaba en construcción. Durante meses, los habitantes debieron caminar largas distancias o transportar agua en baldes sobre sus cabezas para satisfacer necesidades básicas.

La construcción del patrimonio identitario de la Villa Río Hondo hoy se nutre de esa tensión entre el olvido impuesto y la memoria que emerge de las aguas.

Mientras el embalse continúa cumpliendo sus funciones de regulación y turismo, la población de la nueva villa sigue luchando por condiciones de vida dignas que compensen, décadas después, la pérdida de su territorio ancestral. La historia del «Éxodo Riohondeño» permanece como una lección crítica sobre los límites del desarrollo y la necesidad de incluir la justicia hídrica y social en la planificación de infraestructuras que alteran irreversiblemente la vida de las comunidades.

Pero el riohondeño es gente de fe y de leyenda. En los fogones y en las mesas familiares todavía se cuenta cómo San Francisco Solano, el santo andariego, bendijo estas tierras. Dicen que, al encontrarse con el río crecido, oró con tal fuerza que las aguas se abrieron para dejar pasar su carruaje. “¡Tomen su Río Hondo!”, cuentan que dijo, dándole nombre a nuestra esencia. Esa misma fe es la que sacó en procesión a la Virgen del Pilar y a San Francisco cada 26 de marzo, no para celebrar una pérdida, sino para conmemorar la resistencia de un pueblo que se negó a desaparecer.

Que este aniversario sea un abrazo entre el pasado y el presente, un tributo a la resiliencia de nuestra gente y un recordatorio de que somos un territorio unido por mucho más que un dique: nos une la historia, nos une el orgullo y nos une el mismo Río Hondo.