Nuevamente, Sumamao fue el centro de una de las expresiones de religiosidad popular más importante de la provincia, donde miles de personas veneran al primer mártir de la Iglesia Católica. Apenas comienza a despedirse la Navidad y las últimas luces del sol iluminan el camino que lleva a Sumamao éste se puebla de peregrinos algunos corren, otros caminan, pero todos tienen el mismo destino: legar hasta la casa donde se encuentra la pequeña imagen de San Esteban que llegó hasta el lugar tras peregrinar tres días por el Camino de la Costa.

«Yo vengo todos los años acompañado con mi familia, no importa el clima, si llueve a si hace cincuenta grados estamos presentes para cumplir mi promesa», testimonia don Néstor Díaz, uno de los peregrinos.

El pegadizo ritmo contagioso de la marchita de San Esteban invita a golpear las palmas o los pies contra el piso, los promesantes montan y pasan entre los arcos y luego de superar el último, salen a todo galope hacia el público que les arrojan caramelos y otras golosinas. Según los testimonios, algunas cosas cambiaron, pero, `esencialmente es lo mismo, antes en los arcos solo se colocaban papeles de colores roscas, empanadillas, rosquetes, bolsitas con algarrobas y mistol, «esas ichas que son ofrendas, son cosas santas porque fueron ofrecidas y bendecidas por el santo», explicó Néstor Diaz.

Cuando los músicos se retiran del predio es la señal de que se está por producir la última carrera, los auxiliares, piden que se retiren lo más que se pueda, a la vez que informan que las vivas serán muy riesgosas, las gruesas de cohetes estallan entre los vasos de los caballos, y decenas de estos salen en una alocada carrera y a la señal del síndico que porta una bandera argentina, jinetes y promesantes se lanzan en medio de un caos sobre los arcos para arrancar las ichas.»