Algunos llegan en silencio y se van sin hacer olas. Otros, como Oscar “Ringo” Bonavena, pisan un pueblo y todo el lugar vibra como un ring en plena pelea. Fue en agosto de 1973 cuando el boxeador más carismático de la historia argentina eligió Las Termas de Río Hondo como su ring de descanso. Venía de combatir —y ganar— en las ligas duras de Estados Unidos, pero esta vez su cuerpo necesitaba algo más que guantes y entrenamiento: precisaba agua caliente, sol, silencio y… tamales.
En el espacio Termas, Nuestra Historia no sólo celebramos los grandes hitos fundacionales, sino también esas visitas ilustres que, como la de Bonavena, muestran cuán fuerte latía ya por entonces el corazón turístico de nuestra ciudad. En 1973, Las Termas era mucho más que un balneario; era un destino que atraía por salud, por ambiente y por ese imán intangible que hace que hasta un ídolo como Ringo diga “acá me quedo unos días”.
El diario La Gaceta de Tucumán fue uno de los medios que registró el momento. Lo encontró “desparramado en una reposera en el solárium del Hotel América”, absorbiendo sol santiagueño con la parsimonia de un turista cualquiera, pero generando revuelo como solo él podía hacerlo. No venía solo: lo acompañaban su entrañable madre, Doña Dominga —legendaria cocinera de ravioles—, su tía Rosa Grillo y su hermano José. Toda una troupe familiar, como escribió Luis Darío Laplacette en su extenso y sabrosísimo reportaje para Siete Días Ilustrados, la revista que durante los años ’70 marcaba tendencia y documentaba el pulso del país.
El hotel América, propiedad del empresario Osvaldo Cánepa, fue su cuartel general. Allí, Ringo tomaba dos baños termales por día, jugaba en el casino, paseaba por la ciudad y comía bien. Muy bien. “Una noche se comió una docena de tamales”, relata el periodista con una sonrisa entre líneas. En otro momento, posó frente al Dique Frontal, y esa postal recorrió toda la Argentina: Bonavena con el torso al aire, en modo relax, con el mismo aplomo con el que había enfrentado a George Chuvalo o a Joe Frazier.
No era un turista cualquiera. Bonavena no sabía pasar inadvertido. Lo paraban en la calle, lo aplaudían al salir del casino, y los turistas se amontonaban en la pileta del hotel solo para verlo descansar. Pero él se dejaba querer. Con ese humor directo y esa lengua sin filtro, se animaba a filosofar entre baños termales:
“Estoy fuerte y optimista”, dijo a la prensa. Soñaba con una revancha por el título mundial, esta vez frente a George Foreman, el imbatible campeón de ese entonces. Pero también sabía que no sería fácil:
“En Estados Unidos son todos fanáticos de sus ídolos. Ganar allá es como pedirle un favor a King Kong”, bromeó.

En 1973, Las Termas de Río Hondo ya se había consolidado como una ciudad turística. Desde su declaración como municipio en 1954, su infraestructura crecía con ritmo sostenido. Los hoteles, los balnearios y el casino eran parte del paquete, pero el alma del turismo era el agua. Esa que los pueblos originarios llamaban Inti Yacu —agua de sol—, y que Ringo se encargó de disfrutar como si fuese un secreto recién descubierto.
Su visita, aunque breve, fue intensa. Quedó documentada no solo en las páginas de Siete Días, sino también en la memoria colectiva de aquellos termeños que pudieron verlo caminar por las calles, revolver la ruleta en el casino o saludar desde el umbral del hotel como si fuera un vecino más.
De ídolos, historia y pertenencia
Lo que Bonavena vino a buscar aquí fue descanso. Pero lo que dejó fue mucho más: una historia que merece ser contada, un capítulo dorado de la Termas de los ’70, esa que supo recibir a visitantes ilustres con hospitalidad y calor humano. Como decía su médico personal, el descanso térmico era esencial para su recuperación. Pero lo que quizás no se dijo tanto es que esa elección de Termas como destino también fue un acto de confianza y cariño por parte de Ringo. Pudo haber ido a Miami, a Mar del Plata o a Mendoza. Eligió Termas.
Y eso también nos cuenta algo: que esta ciudad, enclavada en el corazón de Santiago del Estero, ya tenía en aquellos años la fuerza de un imán cultural y turístico que atraía a lo más destacado del país.
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