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Mar del Plata, la ciudad con mas termeños después de Las Termas

En el mapa argentino, Las Termas de Río Hondo y Mar del Plata parecen mundos lejanos: una, tierra de aguas termales y calma invernal; la otra, mar, arena y veranos multitudinarios. Sin embargo, para miles de familias termeñas, estas dos ciudades forman parte de una misma historia compartida, tejida con viajes, trabajo, sueños y regresos. Una historia que se repite en generaciones y que el arquitecto Ramón Lencina, profundo estudioso de nuestra ciudad, supo narrar con precisión y memoria.

“Después de Las Termas, donde más termeños viven es en Mar del Plata”, suele decir Lencina. Y no exagera. Casi todos en Termas tenemos un pariente, un amigo o un vecino que hizo temporada en “La Feliz”, o que terminó quedándose a vivir allá, sin dejar nunca de volver al pago.

Según recuerda Lencina, el gran vínculo entre ambas ciudades se consolidó en la década del 40, cuando el Casino de Termas fue nacionalizado en 1944, en el contexto de la Revolución del ’43. A partir de entonces, los trabajadores del juego, la hotelería y la gastronomía comenzaron a circular entre los principales centros turísticos del país: Mar del Plata, Miramar, Necochea y, por supuesto, Termas.

“Los casinero termeños de jerarquía eran casi una sola cosa con los marplatenses”, explica el arquitecto. Esa circulación de personal creó un puente humano constante: algunos venían del mar a las aguas termales, otros salían del calor santiagueño rumbo al Atlántico. Algunos iban y venían; otros se quedaban para siempre en uno u otro lugar, dejando apellidos, historias y descendencias a ambos lados del país.

Incluso, recuerda Lencina, hubo inversores marplatenses que apostaron por Termas, como Fernández Robla, quien compró el Hotel Los Pinos en los años 50, en una época en que la ciudad vivía el impulso económico del dique y el auge del turismo termal.

Mientras Termas florecía en invierno, Mar del Plata explotaba en verano. Esa complementariedad convirtió a los termeños en verdaderos viajeros del trabajo. Cocineros, mucamas, mozos, recepcionistas, albañiles y comerciantes aprendieron a vivir con la valija lista, persiguiendo la temporada para garantizar ingresos todo el año.

Lencina lo sintetiza como una época dorada de movimiento y oportunidades: “La gran camada del marplatense viene aquí, y la gran camada del termeño va allá”. Esa ida y vuelta forjó una identidad particular: la del trabajador del turismo argentino, formado en Termas y probado en Mar del Plata.

Con el tiempo, muchos santiagueños se radicaron definitivamente en la costa. Pero el vínculo nunca se rompió. Al contrario: se multiplicó. Los que se quedaron en Mar del Plata se convirtieron en anfitriones de nuevos migrantes; los que volvieron a Termas trajeron experiencias, oficios y relatos que enriquecieron la ciudad.

La figura de Héctor Papagni sintetiza como pocas ese vínculo profundo entre Mar del Plata y Las Termas de Río Hondo. “Él era marplatense y vino allá por la década del 40, se hizo del mundillo de la parte centro, participó en elecciones donde resulta elegido… la segunda elección que se hace aquí la gana Papagni”, recuerda Ramón Lencina, trazando el perfil de un dirigente que supo integrarse al pulso local. Radical e hincha del Club Termas, Papagni llegó en una época de prosperidad, “la época del oro del dique, cuando trabajaban por quincena cobraban un sueldo que era de gran nivel y eso se notaba en la ciudad”, uno de los motores del desarrollo urbano y social. Lencina vincula su llegada con la gran ola marplatense que arribó tras la nacionalización del casino en 1944: “El casinero termeño de jerarquía junto con los marplatenses, los miramarenses, los de Necochea, son todo casi casi una sola cosa… viene mucha gente de Mar del Plata a trabajar aquí por temporada, como mucha gente de las Termas va a trabajar allá”. Ese ida y vuelta generó una corriente migratoria sostenida en la hotelería, la gastronomía y la construcción, con apellidos que se quedaron a vivir en Termas y otros que echaron raíces en la costa. Incluso, como recuerda el arquitecto, “de allá para aquí vienen algunos inversionistas, entre ellos quien compra el Hotel Los Pinos en la década del 50, Fernández Robla, marplatense”, consolidando un puente económico y humano que convirtió a Papagni y a toda una generación en protagonistas de una historia compartida entre el Atlántico y las aguas termales.

Hoy, esa relación sigue viva en los cumpleaños que se festejan a distancia, en las llamadas de temporada, en los colectivos que parten cada diciembre y regresan en marzo, y en esa frase tan nuestra: “mi hijo está trabajando en Mar del Plata”.

Mar del Plata y Termas de Río Hondo crecieron de la mano del turismo social, de las políticas que democratizaron el descanso y del esfuerzo de miles de trabajadores anónimos. Una con mar, la otra con aguas termales; ambas con historias populares, con barrios formados por migrantes internos y con una identidad profundamente argentina.

Y como dice Ramón Lencina, con la certeza de quien ha buceado en archivos y memorias: “Si querés hablar de Mar del Plata, decí que después de Termas, donde más termeños viven es allá. Todos tenemos un familiar en Mar del Plata, seguro”.

Tal vez por eso, cuando un termeño pisa la rambla o cuando un marplatense llega a nuestras termas, algo se reconoce. Como si, a pesar de los 1.600 kilómetros, estuviéramos hablando de dos capítulos de una misma historia. La historia de un pueblo que aprendió a viajar sin perder nunca el camino de regreso.