Había hoteles, turistas, comercios, escuelas, hospital y una población que crecía alrededor de sus aguas termales. Había calles que comenzaban a tomar una forma más definida y una actividad turística que ya distinguía a aquel pequeño poblado del interior santiagueño.
Pero faltaba algo fundamental: un gobierno local elegido por sus propios habitantes.
El 6 de septiembre de 1954 se produjo un acontecimiento que marcaría un antes y un después en la vida institucional de Las Termas de Río Hondo. Ese día se firmó el decreto que daba cumplimiento a una disposición establecida por la Constitución de Santiago del Estero de 1949: la creación de un gobierno municipal propio para Termas.
La fecha que se aproxima, por lo tanto, no representa el nacimiento de la población. Termas tenía una historia mucho más antigua. Representa un momento diferente: el comienzo formal de su autonomía institucional.
Así lo explica el arquitecto Ramón Casimiro Lencina, estudioso de la historia local, quien propone diferenciar entre la existencia real de la comunidad y su reconocimiento institucional.
Antes de 1954 ya había una población permanente, actividad económica y una estructura urbana en crecimiento. Sin embargo, las principales decisiones públicas no se tomaban localmente. La educación, la salud, la policía, la recaudación y buena parte de las actividades vinculadas al turismo dependían de organismos provinciales o nacionales.
Lo que existía era una administración con facultades limitadas, a través de comisionados o administradores.
Para entender por qué la municipalización adquirió importancia hay que mirar cómo eran aquellas Termas de mediados del siglo XX.
Según recuerda Lencina, en 1954 el núcleo urbano todavía era pequeño. El poblado no se extendía mucho más allá de sectores delimitados por la ruta, la Sarmiento, Agua Santa o el río.
Sin embargo, detrás de esa pequeña dimensión territorial había una comunidad que estaba creciendo.
La actividad hotelera tenía un papel central. Los hoteles Los Pinos, Los Incas, Panamericano, City, Palace, Roma, Italia, Bristol, Bilbao, Cervantes y Victoria formaban parte de una infraestructura turística que había convertido a las aguas termales en uno de los principales motores económicos de la localidad.
También existían escuelas y un hospital cuya historia estaba directamente vinculada con el termalismo: primero como instituto hidrotermal y luego como hospital hidrotermal.
El casino, las confiterías, restaurantes y otros espacios de entretenimiento contribuían a generar una intensa actividad social, particularmente durante las temporadas turísticas.
Y el movimiento no se limitaba al centro urbano. Familias, trabajadores e inversores comenzaban a llegar desde distintos lugares, mientras el flujo turístico encontraba en las Termas un destino cada vez más reconocido.
El antecedente institucional decisivo se encuentra algunos años antes.
En 1949 se reformó la Constitución Nacional y, como consecuencia, las provincias debieron adecuar sus propias constituciones.
En Santiago del Estero se reunió una Convención Constituyente y, según explica Lencina, la nueva Constitución provincial estableció la obligatoriedad de que Termas de Río Hondo y Añatuya contaran con un gobierno municipal propio.
La disposición estaba escrita. Pero entre la norma y su aplicación efectiva pasarían varios años.
El proceso comenzó a tomar forma durante el gobierno provincial de Francisco Javier González, cuando las fuerzas vivas de la comunidad —entre ellas la Asociación de Hoteles y el Centro de Comercio— tuvieron un papel importante en las gestiones.
En 1954, el gobernador tenía previsto visitar Termas para participar de la inauguración de una pista de aviación en Mansupa, construida con aportes de los propios hoteleros.
La visita terminó convirtiéndose también en una oportunidad institucional.
Lencina recuerda que el gobernador llegó con el decreto que ponía en marcha el proceso necesario para que Termas fuera declarada ciudad y pudiera avanzar hacia la elección de sus autoridades. A partir de allí debían realizarse tareas como el censo y la confección del registro electoral.
Era el comienzo administrativo de un proceso que terminaría varios años después.
La historia, sin embargo, no siguió el rumbo previsto.
En 1955, el golpe de Estado que derrocó al gobierno de Juan Domingo Perón interrumpió el proceso. La Constitución provincial que había dado origen a aquella obligación municipal sería posteriormente derogada y la implementación efectiva del gobierno local quedó postergada.
Por eso Lencina realiza una distinción que resulta fundamental para comprender esta historia.
El 6 de septiembre de 1954 fue una fecha trascendente desde el punto de vista institucional porque se cumplió con la disposición constitucional que establecía la creación del municipio.
Pero, para él, existe otra fecha todavía más significativa: la elección de febrero de 1958, cuando los habitantes pudieron finalmente elegir a sus autoridades.
Y luego llegaría el 1 de mayo de 1958, cuando asumieron el primer intendente, Luis Manzur, y el Concejo Deliberante.
Recién entonces, sostiene Lencina, comenzó a funcionar efectivamente el primer gobierno local elegido por los termeños.
La municipalización no ocurrió en una ciudad detenida en el tiempo. Por el contrario, se produjo en una década de profundas transformaciones.
La traza urbana que todavía reconocemos en buena parte de la ciudad tenía sus antecedentes en el loteo realizado en 1934 por el ingeniero Dante Casales y posteriormente corregido.
El arroyo había comenzado a ser entubado. Se proyectaban y ejecutaban obras para enfrentar las crecientes. Se construían puentes y se mejoraban caminos.
En la década del 50 también avanzaban estudios relacionados con una obra que cambiaría definitivamente la relación de la ciudad con el río: el futuro dique Frontal. Se realizaban mediciones, estaciones de aforo, estudios de suelo y trabajos preliminares para determinar las características de la futura obra.
La conectividad también había sido decisiva.
El ferrocarril había llegado décadas antes y, en los años 30, la apertura y mejoramiento de caminos permitió consolidar el vínculo terrestre con otros puntos de la región.
Aquella pequeña población termal comenzaba así a transformarse en una ciudad turística.
Quizás allí esté una de las particularidades más interesantes de esta historia. Termas no nació como municipio y después se convirtió en ciudad.
Primero existió la comunidad. Después creció la actividad económica, turística y urbana. Y mucho más tarde llegó la institucionalización de su gobierno local.
El agua fue el origen de buena parte de esa transformación.
Durante décadas, visitantes y estudiosos habían puesto la mirada sobre las propiedades de las aguas termales. Lencina destaca especialmente el trabajo de Antenor Álvarez, quien reunió y sistematizó conocimientos científicos existentes sobre el termalismo y planteó la necesidad de darle al recurso una utilización terapéutica seria y adecuada.
La hospitalidad de sus habitantes aparece en numerosos relatos históricos sobre las Termas de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Para Lencina, ese paisaje humano fue también parte del atractivo de la localidad.
El verdadero comienzo de una historia institucional
A 72 años de aquel decreto, la fecha del 6 de septiembre permite volver la mirada sobre una etapa fundamental de nuestra historia.
No fue el nacimiento de Termas. No fue todavía la elección del primer intendente.
Fue algo distinto: el reconocimiento y puesta en marcha del camino jurídico que conduciría a la creación de su gobierno municipal.
Entre aquel decreto de 1954 y la asunción de las primeras autoridades elegidas en 1958 quedaron cuatro años atravesados por un golpe de Estado, cambios políticos, proscripciones y una profunda transformación institucional del país.
Por eso, cuando cada 6 de septiembre recordamos la municipalización, también vale la pena mirar un poco más allá de la fecha.
Mirar aquella pequeña población que ya tenía hoteles llenos de visitantes, escuelas, hospital, comercios, caminos, casino y una comunidad que crecía alrededor del agua.
Una población que todavía no era plenamente dueña de sus decisiones institucionales, pero que ya estaba construyendo, paso a paso, la ciudad que vendría después.
Más historias
Cuando el canasto dejó de ser solamente un oficio y se convirtió en una fiesta
Las Termas que no aparecía en las postales
A 46 años del Centro Cultural General San Martín: el sueño que transformó la vida cultural de Las Termas