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Cuando el canasto dejó de ser solamente un oficio y se convirtió en una fiesta

Hay manos que desde muy pequeñas aprendían a preparar las fibras, a darles forma, a reconocer el punto justo de humedad y a sostener durante horas una tarea que, para muchas familias del Departamento Río Hondo, no era solamente una tradición: era una manera de vivir.

La historia de la Fiesta Nacional del Canasto comienza allí, mucho antes de que tuviera ese nombre y mucho antes de que llegara a convertirse en uno de los acontecimientos culturales más representativos de Termas de Río Hondo.

Una tradición mucho más antigua que la fiesta

La cestería de Río Hondo hunde sus raíces en una tradición que los propios artesanos reconocen como heredada de sus padres y abuelos.

“Esto se viene transmitiendo de generación en generación”, recuerda una de las cesteras entrevistadas. En su familia, asegura, el conocimiento llegó hasta una sexta generación. Ella misma comenzó a aprender cuando tenía alrededor de cinco años, observando y practicando junto a los mayores.

Entre las localidades y parajes vinculados históricamente con esta tradición aparecen Cañada de la Costa, Los Décima, Chañar Pozo, Sotelo, Sotelillo, Taquello, Isla de los Castillos, Estancia Vieja, Monte Rico, Vinará, La Isla, Bajo Verde, Loma del Medio y Los Ovejeros, entre otros lugares donde la cestería se transmitió de generación en generación.

Sebastián Sabater, historiador local y director del Museo Municipal Rincón de Atacama, encuentra en la cestería una continuidad de antiguas prácticas de los pueblos originarios.

A partir de evidencias arqueológicas, explica que existen piezas cerámicas del Noroeste Argentino cuya base conserva la impronta de tejidos de fibras vegetales utilizados durante su elaboración. Para Sabater, aquello constituye un indicio de la antigüedad de un conocimiento que, transformado y adaptado con el paso del tiempo, continúa vivo en las manos de los artesanos de Río Hondo.

Y esa continuidad no es solamente una cuestión de años.

Una abuela que muestra cómo envolver la palma. Una madre que corrige una puntada. Una niña que intenta darle forma al primer canasto y escucha que todavía está “chueco”. El aprendizaje ocurre con las manos y con mucha paciencia.

Una de las artesanas recuerda precisamente esas correcciones de su infancia: hasta que aprendió a sacar correctamente la pieza, los mayores le señalaban cada error y le hacían desarmar el tejido cuando una puntada no estaba bien hecha.

Cada canasto es una pieza única

La belleza de un canasto comienza mucho antes de que aparezca la pieza terminada.

Paja, palma, unquillo y chala de maíz forman parte de una combinación de materiales que requiere conocimiento, preparación y tiempo.

La especialista en arte y artesanías tradicionales Roxana Amarilla define a la cestería riohondeña como una producción de gran sofisticación y destaca especialmente su estructura tejida en espiral, mediante una técnica conocida como coiled o costura en espiral.

Según su descripción, la paja o pasto forma el alma de los cordones; la palma interviene en la costura; el unquillo participa en las haces y guardas; y la chala teñida aporta buena parte de los motivos ornamentales.

Amarilla sostiene que se trata de una manifestación singular dentro del país, resguardada por familias de la zona durante generaciones. Los antiguos bombos, costureros y canastas maleta conviven hoy con nuevas formas, pero conservan la raíz de aquella tradición.

Los propios cesteros explican que detrás de cada pieza existe una verdadera técnica.

La fibra debe prepararse. La palma tiene que tener determinadas condiciones. La chala se seca, se tiñe y vuelve a secarse. Los colores se incorporan lentamente. El tejido se arma punto por punto.

Y cuando una puntada queda mal, no siempre alcanza con corregirla.

A veces hay que volver hacia atrás.

“Si aquí vos ponés mal una puntada, y si vas a media vuelta, tenés que bajar”, explica una artesana al describir el trabajo fino.

Por eso Sabater insiste en que no se trata simplemente de objetos utilitarios. Detrás de cada pieza hay horas de trabajo, decisiones sobre formas, colores y motivos.

“Se están transmitiendo mensajes a través de la elaboración”, explica el historiador, para quien algunas de estas piezas pueden considerarse verdaderas obras de arte.

El problema que vio el padre Renato

A fines de la década de 1970, esa tradición convivía con una realidad económica difícil.

Fue entonces cuando llegó a Termas el sacerdote Renato Byron, perteneciente a la congregación de los Misioneros de La Salette y asesor de Cáritas Parroquial.

Su mirada sobre la ciudad no se limitó a la parroquia. Según el testimonio de Nelly Ruiz de Fares, integrante durante muchos años de Cáritas Parroquial y participante de aquella primera comisión, el sacerdote acostumbraba recorrer la ciudad para conocerla.

En una de esas recorridas llegó hasta las zonas donde trabajaban las familias dedicadas a la fibra vegetal.

Y lo que encontró llamó su atención.

Nelly recordó que el padre Renato había observado cómo personas llegaban en camionetas, compraban grandes cantidades de piezas artesanales y pagaban por ellas sumas muy pequeñas. La situación lo preocupó.

“Decía que a esa gente había que ayudarla”, recuerda Nelly.

Cáritas comenzó entonces a intervenir de manera directa. Compraba las piezas y pagaba a los artesanos un valor que les permitiera obtener un mejor beneficio. También se preparaban bolsas de alimentos y se ofrecían productos a precios bajos para que las familias pudieran aprovechar mejor sus ingresos.

Pero aquella ayuda no parecía suficiente. El padre Renato pensó en algo más. Había que crear un espacio donde los propios artesanos pudieran mostrar y vender su producción. Había que hacer visible ese trabajo.

Y había que conseguir que Termas también se beneficiara de la promoción de una artesanía que formaba parte de su identidad.

Así comenzó a tomar forma la idea de una fiesta.

1979: el primer canasto convertido en celebración

La primera edición de la entonces llamada Fiesta del Canasto se realizó en 1979.

La idea fue llevada primero ante las autoridades municipales y luego ante las autoridades provinciales. La respuesta fue favorable y distintos sectores se sumaron al proyecto.

El escenario elegido fue el Centro Cultural, cuando todavía se encontraba en una etapa inicial de construcción.

“Estaba apenas con sus paredes levantadas y el techo”, recuerda Nelly. Sin embargo, aquello no impidió que la celebración tomara forma. Y aquella primera experiencia terminó siendo, para quienes la vivieron, mucho más que una feria.

Nelly la recuerda como “una fiesta hermosa”, en la que participaron artesanos y visitantes, pero también vecinos, comerciantes y hoteleros. Artesanos de Santiago del Estero y de provincias vecinas llegaron para compartir aquella primera celebración.

Había nacido un espacio para que una comunidad pudiera reconocer el valor de un oficio que hasta entonces había permanecido muchas veces en segundo plano.

Los primeros años fueron de crecimiento y consolidación.

La celebración había nacido en 1979 vinculada al trabajo de Cáritas Parroquial y al impulso del padre Renato Byron, con el propósito de ayudar a los artesanos y promover la cestería regional. La propia documentación institucional de Turismo de Termas reconoce ese origen y señala que la fiesta comenzó aquel año para contribuir a la comercialización y difusión del trabajo de los cesteros del Departamento Río Hondo.

El proceso de crecimiento continuó durante los años siguientes.

Y en 1982, mediante decreto oficial, la celebración alcanzó el rango de Fiesta Nacional, dejando atrás la denominación de festival con la que había nacido.

A partir de entonces, aquella iniciativa nacida entre vecinos, artesanos y miembros de Cáritas adquirió una dimensión mucho mayor.

La cestería de Río Hondo comenzaba a ser reconocida más allá de las fronteras locales.

Con el paso de las décadas cambiaron los escenarios, las modalidades de comercialización, los diseños y las formas de organizar la celebración.

Pero hay algo que permanece. Las manos. Las de quienes aprendieron a tejer siendo niños. Las de quienes heredaron el oficio de sus abuelos. Las de quienes pasaron horas sentados trabajando la palma, la paja, el unquillo y la chala.

Una de las artesanas entrevistadas lo resume desde su propia vida: comenzó a tejer alrededor de los cinco años y, décadas después, continuaba encontrando en ese trabajo una forma de vida. También recuerda los años de venta en las calles, cuando las piezas elaboradas en el campo llegaban hasta Termas para ser ofrecidas a quienes visitaban la ciudad.

Esa historia familiar se repite en muchas otras familias.

Una fiesta que todavía guarda aquella primera intención

Hoy, cuando la Fiesta Nacional del Canasto convoca nuevamente a artesanos, vecinos y visitantes, puede resultar fácil quedarse con la música, los escenarios, los puestos y el movimiento de una celebración popular.

Pero debajo de todo eso permanece aquella idea inicial.

La de un sacerdote que recorrió la ciudad y descubrió una realidad que muchos conocían, pero que necesitaba ser mirada de otra manera. La de familias que aprendieron un oficio generación tras generación. Y la de una comunidad que comprendió que aquello que durante años se había hecho puertas adentro, con materiales de la tierra y con herramientas sencillas, también podía ser reconocido como patrimonio.

Si esas manos continúan trabajando, también existe una responsabilidad colectiva de ayudar a que ese conocimiento no se pierda y de darle el valor que merece.

Quizás por eso, cada vez que aparece un canasto en una vereda de Termas, no estamos viendo solamente una artesanía. Estamos viendo una parte de la historia de nuestra ciudad.

 

  • Testimonios documental Cesteros:
    Dionisia Juarez, Olga Correa, Miguel Medina (artesanos cesteros)
    Nelly Ruiz De Fares (Caritas Parroquial)
    Sebastián Sabater (Museo Rincon de Acatama)
  • Roxana Amarilla (Coordinadora del Mercado Nacional de Artesanías Tradicionales e Innovadoras Argentinas MATRIA, Ministerio de Cultura de la Nación)
  • Consulta Fechas: Secretaría de Turismo de Las Termas de Rio Hondo
  • Foto AnneMarie Heinrich