Durante varios días, septiembre tenía otro ritmo. En las escuelas se hablaba de la Primavera, pero también de aquello que durante semanas ocupaba buena parte de las conversaciones entre los estudiantes: las carrozas.
Había que pensar una idea, dibujarla, conseguir los materiales y empezar a construir. Y después venían las tardes que se hacían noches, el trabajo después de clases, las discusiones sobre cómo resolver una estructura y la expectativa de ver finalmente aquello que había comenzado como un proyecto sobre un papel.
En aquellos años, la Fiesta de los Estudiantes no era solamente una celebración escolar. Era un acontecimiento que convocaba a buena parte de Termas.
Y tenía, además, un ingrediente que quienes fueron jóvenes en aquellas décadas seguramente recuerdan bien: la rivalidad entre las escuelas.
La Escuela de Comercio, la Escuela Normal y la entonces ENET —la actual Escuela Técnica— competían por llevarse las miradas. No hacía falta que existieran grandes premios para que cada curso quisiera demostrar que su carroza podía ser la más llamativa, la más original o la mejor realizada.
Eran rivalidades propias de una época, generalmente vividas con entusiasmo y pasión juvenil. Cada escuela quería dejar su marca.
Y detrás de esa competencia había muchísimo trabajo porque una carroza no aparecía de un día para otro.
Primero estaba la idea. Después había que transformarla en una estructura que pudiera sostenerse y recorrer las calles.
Vecinos con conocimientos de herrería y de trabajos con hierro ayudaban a los estudiantes a levantar las estructuras. Eran saberes prácticos que muchas veces se transmitían de manera directa: medir, cortar, doblar, soldar, reforzar.
Los jóvenes ponían la imaginación, el entusiasmo y buena parte del esfuerzo. Los mayores aportaban experiencia y oficio.
Después llegaba el momento de cubrir aquellas estructuras, pintarlas, decorarlas y agregar cada uno de los detalles que terminarían convirtiendo una construcción de hierro, madera, cartón o papel en una carroza.
Se construía una experiencia compartida entre compañeros que, muchos años después, todavía podían recordar quién había trabajado hasta tarde, quién había conseguido un material, quién había tenido una idea o quién había ayudado a resolver aquel problema que parecía imposible.
Quienes recuerdan aquellos festejos ubican especialmente en las décadas de 1970 y 1980 algunos de los momentos de mayor participación y despliegue.
La Primavera encontraba a las escuelas movilizadas y a la ciudad pendiente de lo que ocurriría durante el desfile.
Las carrozas podían alcanzar un nivel de elaboración considerable y detrás de cada una había una verdadera organización colectiva.
No era extraño que los estudiantes buscaran ayuda fuera de la escuela. Los conocimientos de padres, familiares, trabajadores y vecinos se incorporaban al proyecto. En una época en la que no existían las facilidades tecnológicas actuales, cada detalle debía resolverse prácticamente con las manos.
Como muchas tradiciones, el desfile tuvo sus momentos de esplendor y también sus interrupciones.
Por diferentes circunstancias, hubo años en los que las carrozas dejaron de recorrer las calles de Termas. La tradición perdió continuidad y aquella imagen de septiembre fue quedando en la memoria de quienes habían sido protagonistas.
Hasta que, ya en los primeros años de la década de 2010, las carrozas volvieron a aparecer.
Las fotografías que acompañan esta publicación corresponden precisamente a 2010 y permiten observar aquel regreso: estudiantes, estructuras, colores, creatividad y nuevamente las calles como escenario de una celebración que durante mucho tiempo había formado parte del calendario de la ciudad.
Las fotografías de esta publicación forman parte del trabajo de recuperación y documentación de la memoria social y cultural de nuestra ciudad que desarrolla Fénix Contenidos para Río Hondo News.
Hoy, esas fotografías adquieren otro significado.
Ya no muestran solamente una actividad estudiantil. Son documentos de una forma de vivir la Primavera en Las Termas.
Y también permiten preguntarnos qué ocurrió con aquella tradición.
Despues de aquel regreso de comienzos de la década de 2010, las carrozas volvieron a perder continuidad y actualmente forman parte de esas costumbres que sobreviven principalmente en el recuerdo de quienes las protagonizaron.
Quizá no se trate simplemente de volver a hacer lo mismo. Pero sí de recuperar el espíritu de una celebración que durante décadas consiguió algo difícil de lograr: poner a los estudiantes en el centro de la vida comunitaria y hacer que toda la ciudad participara de su fiesta.
La rivalidad entre Comercio, Normal y ENET, los preparativos que se extendían durante semanas, los vecinos que aportaban sus conocimientos, los estudiantes trabajando hasta altas horas y las calles llenas de gente forman parte de una memoria que merece ser conservada.
Hoy, recuperar esa historia también puede servir para pensar en el futuro. El desfile de carrozas es una de esas tradiciones que Termas podría volver a mirar como una materia pendiente, no necesariamente para repetir el pasado, sino para encontrar una nueva manera de darle a los estudiantes un espacio de participación, creación y encuentro.
Cada imagen que recuperamos intenta ser algo más que una fotografía antigua o un recuerdo: es una pieza de la memoria colectiva de Termas.
Y esta historia tendrá una segunda parte.
Porque las fiestas de los estudiantes no terminaban en las calles.
Algunas jóvenes termeñas llevaron aquella celebración mucho más lejos y llegaron a representar a Santiago del Estero en la Fiesta Nacional de los Estudiantes de Jujuy.
En la próxima entrega: las Reinas de los Estudiantes de Termas de Río Hondo y su paso por la gran fiesta nacional.
Una historia de reinas, coronas, viajes y orgullo termeño que también merece ser recuperada.
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